La curiosidad me lleva a rastrear su Twitter y no aparece ni un atisbo dimisionario, en lo que alcanzo a leer. No sé si interpretarlo como un gesto de humildad cristiana que le impide usar esa cuenta para proclamas personales. En cualquier caso viene a demostrar que la fuerza de un mensaje tiene tres elementos indispensables: su contenido, su emisor y su veracidad.
Ser el primer Pontífice romano en siete siglos que arroja la toalla convierte la noticia en una bomba. Ser el líder espiritual de una religión con 1.200 millones de seguidores en el mundo también le da empaque al mensaje, porque garantiza la repercusión internacional. Y empezar a preparar los trastos para la retirada, garantiza la credibilidad. En cualquier idioma y en cualquier medio.
Está claro que para llamar la atención de la audiencia y 'viralizar' el discurso que queremos transmitir no importa lo complejo del código si el mensaje es claro, su contenido relevante y demostrable y el portavoz es creíble. Así que si nuestros políticos quieren que creamos sus mensajes sobre 'lo aislado' de los casos de corrupción, deberían empezar a ser más contundentes en sus mensajes.
Cabría pensar que, como en el caso del Papa, se expresan en latín y a día de hoy son pocos quienes lo entienden. Igual deberíamos analizar si los asuntos que tratan carecen de relevancia. O si es que no tienen tantos 'followers' espirituales como Benedicto XVI. Porque ¿caben dudas sobre la veracidad de sus palabras?
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