Ni Rajoy ni Rubalcaba han admitido hoy preguntas en sus intervenciones ante los medios de comunicación, previas al acto institucional para conmemorar 34 años de Constitución. Es curioso cómo la política y la sociedad cada vez viven más en realidades paralelas. Los ciudadanos creamos redes (reales o virtuales) para crecer, para sostenernos, para tener ideas, para llegar a fin de mes, para trabajar, para pensar, para solidarizarnos..., para todo. Somos conscientes de que la realidad es 2.0, es decir, democrática y participativa. Ya no valen los mensajes unidireccionales, los monólogos 1.0. La clave del 2.0 es el diálogo.. Sin embargo, el 'no hay preguntas' sigue creciendo entre la clase política. Intervenciones largas y tediosas, a menudo inconsistentes y, por supuesto, pensadas para soslayar las preguntas: unas veces porque el aburrimiento ha hecho mella en los interlocutores, otras apelando a la falta de tiempo.
Sin embargo, son estrategias pensadas casi siempre para proteger a quien habla de quienes preguntan. Cómo si sólo hubiera obligaciones constitucionales en un ala de la sala de prensa, como si las preguntas fueran innecesarias, como si quien habla dominara toda la información precisa y su discurso no fuera cuestionable.
O sea, como vivir en el siglo XX de la comunicación, ahora que ya avanzamos por la segunda década del XXI.
Nuestros políticos son como páginas web corporativas de la era 1.0. Muchos gadgets, mucha información, pero para comunicarnos con ellos nos envían al foro y nos obligan a rellenar un formulario. Su discurso hará aguas mientras no tengan claro que, por muy capciosas que sean las preguntas del mensajero, lo que los definirá será la magnitud de sus respuestas. Para ser 2.0 no basta con abrir una cuenta en facebook, hay que usarla. En la comunicación ocurre igual: no basta con tener un mensaje, hay que defenderlo y eso sólo ocurre cuando lo compartes, lo juzgan, te plantean dudas, lo enriquecen, lo transformas... O sea, dialogando. Incluso con periodistas.
jueves, 6 de diciembre de 2012
Políticos 1.0, o menos
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jueves, 22 de noviembre de 2012
El sentido común como instrumento de comunicación
Veo en 'El huffington post" que Arturo Fernández asegura que no ha visto "gente más fea que en las manifestaciones" contra los recortes. El primer arrebato es pensar que cada vez veo más gente sin cerebro opinando en las tertulias. No por lo que piensa, sino por la forma de expresar sus pensamientos. Una puede, o no, estar de acuerdo con las movilizaciones; puede, o no, valorar las acciones de otros, pero hay que pensárselo dos veces antes de actuar con arrebato y no medir lo que un comentario dice de nosotros, más allá del significado de las palabras.
En el caso de que el comentario de Fernández fuera cierto ¿qué habría que hacer? ¿esconder a todos aquellos que rompen los ideales clásicos de belleza? ¿impedir a las personas feas que opinen? ¿limitarles el acceso a la libertad, la cultura, la educación, el empleo, la sanidad... para que no nos afeen los espacios públicos? Eso por entrar en un debate mucho más complejo, definir la belleza o demostrar científicamente que razón y guapura son sinónimos, que no dejaría de tener su interés para desmontar otras teorías absurdas como la asociación rubia-descerebrada.
Decía en la anterior entrada que un buen comunicador necesita empatía para ponerse en la piel de otro y saber cómo llegarán sus palabras. Y la empatía necesita el uso adecuado y persistente una herramienta: el sentido común.
Algunas de nuestras ocurrencias pueden tener mucho éxito en la barra de un bar, frente a un grupo de amigos. Pero en un medio de comunicación, el público no le conoce en profundidad, no tiene la cercanía y solidaridad que otorgan la amistad, y nadie, por mucho que comparta sus ideas, admitirá que su hijo es feo.
El sentido común dicta argumentos razonables como: no digas de otro lo que no quieras que digan de tí. O lo que es lo mismo: antes de decir algo, cuenta hasta diez y valora si realmente eso que dices es lo que quieres decir. Porque asumir nuestros argumentos es una buena forma de defenderlos. Y de retratarnos.
En el caso de que el comentario de Fernández fuera cierto ¿qué habría que hacer? ¿esconder a todos aquellos que rompen los ideales clásicos de belleza? ¿impedir a las personas feas que opinen? ¿limitarles el acceso a la libertad, la cultura, la educación, el empleo, la sanidad... para que no nos afeen los espacios públicos? Eso por entrar en un debate mucho más complejo, definir la belleza o demostrar científicamente que razón y guapura son sinónimos, que no dejaría de tener su interés para desmontar otras teorías absurdas como la asociación rubia-descerebrada.
Decía en la anterior entrada que un buen comunicador necesita empatía para ponerse en la piel de otro y saber cómo llegarán sus palabras. Y la empatía necesita el uso adecuado y persistente una herramienta: el sentido común.
Algunas de nuestras ocurrencias pueden tener mucho éxito en la barra de un bar, frente a un grupo de amigos. Pero en un medio de comunicación, el público no le conoce en profundidad, no tiene la cercanía y solidaridad que otorgan la amistad, y nadie, por mucho que comparta sus ideas, admitirá que su hijo es feo.
El sentido común dicta argumentos razonables como: no digas de otro lo que no quieras que digan de tí. O lo que es lo mismo: antes de decir algo, cuenta hasta diez y valora si realmente eso que dices es lo que quieres decir. Porque asumir nuestros argumentos es una buena forma de defenderlos. Y de retratarnos.
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domingo, 18 de noviembre de 2012
Hablar por hablar
El lenguaje es uno de los rasgos distintivos del ser humano. Indispensable, en su forma verbal o gestual, para transformar en signos identificables por otro, u otros, todo aquello que queremos o necesitamos expresar. Es un acto de voluntad, a pesar de lo incontenible que resulta para muchos.
Sin embargo, es muy habitual que pensemos que nos malinterpretan, que lo que decimos no llega en la forma en la que lo concebimos o que se tergiversa lo que contamos.
El primer ejercicio de un buen comunicador es de empatía. Tiene que ponerse en la piel de otro, en la cabeza de otro, en el oído de otro... Y saber exactamente como suenan sus palabras en estos contextos. Unos contextos que la tecnología ha transformado a un ritmo vertiginoso. Hace poco más de un siglo sólo nos comunicábamos cara a cara o a través del papel impreso. Ahora existen aparatos que registran y reproducen nuestra voz y nuestra imagen, y canales que permiten que cualquiera, en cualquier momento, pueda ver e interpretar nuestro mensaje. Por eso ahora, más que nunca, se hace indispensable ser precisos en nuestra comunicación, porque la velocidad a la que vivimos no deja lugar a matices en el hablar por hablar.
Sin embargo, es muy habitual que pensemos que nos malinterpretan, que lo que decimos no llega en la forma en la que lo concebimos o que se tergiversa lo que contamos.
El primer ejercicio de un buen comunicador es de empatía. Tiene que ponerse en la piel de otro, en la cabeza de otro, en el oído de otro... Y saber exactamente como suenan sus palabras en estos contextos. Unos contextos que la tecnología ha transformado a un ritmo vertiginoso. Hace poco más de un siglo sólo nos comunicábamos cara a cara o a través del papel impreso. Ahora existen aparatos que registran y reproducen nuestra voz y nuestra imagen, y canales que permiten que cualquiera, en cualquier momento, pueda ver e interpretar nuestro mensaje. Por eso ahora, más que nunca, se hace indispensable ser precisos en nuestra comunicación, porque la velocidad a la que vivimos no deja lugar a matices en el hablar por hablar.
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